Detecta los clichés y lugares comunes en tus textos

¿Qué hace que una expresión sea memorable y que otra sea aburrida? En este post vamos a detectar los clichés y lugares comunes más recurrentes en los textos y próximamente aprenderemos cómo evitarlos y escribir alternativas.

Pero ¿qué son los clichés o lugares comunes? Son expresiones o ideas tan sobreutilizadas que pierden su impacto original. Estas son previsibles, aburridas y matan tu voz como escritor: con su presencia, ¡los lectores con cierto nivel pueden sentirse hasta molestos!

Decía Rafael Chirbes en el segundo volumen de sus diarios: «Tantos años después, sigue molestándome la insistencia en caracterizar a los personajes positivos con cosas como “descubriendo sus dientes relucientes en una amplia sonrisa” […]. Una frase aún más escalofriante: “Cada vez que sus miradas se encontraban, ella se acordaba de las florecillas doradas del borde del camino”. Cuando lees una frase como esa, maldices la idea misma del amor y te vuelves peor persona». Remata con esta frase: «“Arroyuelos claros jugaban en los ojos de Miekova”».

La diferencia entre un cliché y un lugar común es muy sutil: aunque ambos se consideran trillados y banales, el lugar común aún puede ser útil en ciertos contextos. Por ejemplo: «la vida es corta» es un cliché, mientras que «la unión hace la fuerza» es un lugar común.

Clichés y lugares comunes más recurrentes

Durante mis más de diez años como corrector de textos me he topado con decenas, si no cientos de clichés y lugares comunes. Recopilo a continuación los que aparecen con mayor frecuencia. Muchos tienen que ver con las emociones y lo que expresan los ojos y la boca.

Respecto a las emociones, destacan expresiones como «se fundieron en un abrazo», «su amor era indestructible» y semejantes, además de las relacionadas con el corazón («el corazón latía con fuerza», «sentía los latidos en su pecho», «el corazón se le salía por la garganta») y la respiración («dio una gran bocanada de aire», «respiró profundamente antes de responder», «necesitaba urgentemente tomar aire»). No olvidemos clichés como «la desazón era palpable» o «la tensión podía cortarse con un cuchillo».

En cuanto a lo que expresan los ojos y la boca, encontramos «las ojeras oscuras le daban un aspecto taciturno», «las lágrimas brotaron de sus ojos», «se inundaron sus párpados» o «una lágrima rodó por su mejilla», «sus ojos se abrieron de par en par», «tenía los ojos inyectados en sangre» y la mirada marchita, cristalina, aviesa o vívida, por un lado; y, por otro, «hizo un chasquido con la lengua», «una sonrisa iluminó su cara», «su rostro dibujó una gran sonrisa» o una «sonrisa sardónica», «mostró los dientes en una amplia sonrisa», «sonrió abiertamente» y «tenía unos colmillos afilados» o «los dientes amarilleados por el tabaco». También son manidos «soltó una carcajada» y «escupió una risotada» y, al definir la edad de los personajes, «unas arrugas labradas surcaban su frente».

Ironizaba el escritor Juan Soto Ivars en sus redes sociales: «Hay una serie de palabras relamidas de nuestro idioma que por lo general sobreviven en primeras novelas que jamás publicará nadie. Pero están ahí, ahí viven felices porque el escritor novel quiso dejar el texto muy culto y que se viera que sabía mucho. Y no falla. En una primera novela hay un personaje con sonrisa sardónica. Este puede echar una mirada aviesa. Sale un tío con barba rala y otro con el pelo cortado a cepillo. No falta un buen ocaso al final de la dura jornada. Hay muchos ribetes. Uno es rubicundo [mientras que otro es enjuto]. Y si es joven, barbilampiño. Las mujeres, por lo general, tienen cinturas sinuosas».

Así, se me ocurren otras expresiones repetidas hasta la saciedad como «azotado por el viento», «fruncir el ceño» (los que leíamos a Enid Blyton crecimos con este lugar común), el «pelo cortado a cepillo», el «vestido ceñido», el «humeante café», «acodarse en la barra [de un bar]», «mirar de soslayo», la «noche cerrada» y la «frente perlada de sudor». Muchos protagonistas, cuando arranca la novela, se despiertan con la luz del amanecer filtrándose por las cortinas y se reconocen en el espejo del cuarto de baño con algunos de los clichés ya mencionados. Muy pronto suena una voz aterciopelada y hay un desencuentro con alguien que espeta.

Al hilo de la cuestión, contaba Alberto Marcos, escritor y editor en Plaza y Janés: «He leído en los últimos días muuuchos relatos sin publicar y destaco varias tendencias: La mitad de las protagonistas femeninas se llaman Paula o Laura. Un tercio de los personajes femeninos mayores de sesenta años se llaman Concha. Más de la mitad de los relatos comienzan con alguien despertándose por la mañana. Un 25 % están protagonizados por escritores/as. Un 75 % empiezan o terminan con alguien muriendo (nunca son los escritores). En una proporción de 1/4, el escenario es un mundo rural en decadencia. En una proporción de 1/4, la historia va de un matrimonio que se derrumba. En una proporción de 1/4, el protagonista sufre por un amor no correspondido. En una proporción de 1/8, hay sexo (sórdido)».

Las observaciones de Marcos me parecen muy acertadas (me gustaría contrastarlas con los informes generales que publica Seix Barral sobre las obras que se presentan al Premio Biblioteca Breve… ¿Alguien sabe dónde encontrarlos?), solo añadiría que en la mayoría de primeros textos de escritores noveles aparecen una o varias prostitutas o personajes que hablan de formas peculiares, y cuyas voces se reproducen: extranjeros, tartamudos, manieristas, gruñidores, meditativos…

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¿Qué hacemos con los clichés y lugares comunes?

Es interesante ver los usos de los clichés y lugares comunes en los corpus de la Real Academia Española. Por ejemplo, con frunció, en el presente aparecen 171 casos en 89 documentos en el CREA. En el CORDE, 175 casos en 115 documentos. Se frunce mucho el ceño en La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón. También es recurrente en las obras de Pérez Galdós, Pardo Bazán, Carlos Fuentes, Blasco Ibáñez y Valle Inclán (aunque este recurre a algún «arco dorado del ceño»). Entonces, ¿es aceptable usar este tipo de recursos? Bueno, todo depende de si somos maestros de la escritura…

Reconocer clichés y lugares comunes es esencial para valorar la autenticidad en los textos. En el próximo post, estudiaremos cómo podemos evitar estas expresiones para mejorar la calidad y originalidad de nuestra escritura.

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